Hoy por hoy, tanto en la discusión pública como privada, nos encontramos con variopintas de opiniones acerca de las medidas que nos permiten prevenir el COVID-19. No han sido pocos los esfuerzos comunicacionales dirigidos a incorporar uno que otro hábito en pos de nuestra protección.
También es cierto que hemos recibido mensajes confusos respecto del estado desde las autoridades como un ministro que habla de ‘cifras alentadoras’ la misma semana en que hubo más de 4.000 casos nuevos por día.Dentro del universo de información que manejamos podemos dar por ciertas dos afirmaciones: 1) que el virus es altamente transmisible y 2) que sobrevive varias horas, dependiendo de la superficie en la que se encuentre. En este contexto, el transporte público es uno de los principales espacios donde aumenta la posibilidad de contagio debido a la aglomeración (basta mirar imágenes del Metro de Santiago todas las mañanas para corroborarlo), producto de la necesidad de la población por movilizarse, lo que lleva a la población a aglomerarse “voluntariamente” en estaciones de transferencia (paraderos) y vehículos (taxibuses y taxis colectivos, generalmente).
En el caso valdiviano hemos visto una disminución en la frecuencia de los taxibuses que habitualmente circulan por la comuna. Lo que, a su vez, es un potencial agente de contagio por aglomeración. Por otro lado, cabe preguntarse si las “máquinas”, como se les conoce en el rubro, son sanitizadas cada vez que llegan a su terminal o sólo una vez al día (en el mejor de los casos).
El año pasado, la Universidad del Desarrollo publicó un informe donde analiza la movilidad en el país hasta el 14 de junio. Este estudio reveló apenas un 25% de reducción de movilidad en nuestra ciudad, lo que con el paso de los meses demostró ser insuficiente para hacer coto a la transmisión del virus y nos vimos enfrentados al desconfinamiento y, a pesar de ello, a un aumento sostenido del número de casos diarios y activos.
La problemática del alto número de contagios no tiene una solución única, requiere de múltiples acciones que en conjunto disminuyan los espacios donde el Coronavirus pueda actuar. Desde la perspectiva de la movilidad, una alternativa para mejorar este indicador es controlar el ingreso al transporte público, para que la cantidad de pasajeros en los taxibuses no ponga en riesgo a los mismos usuarios. Esto nos lleva a evaluar detenidamente el caso de los taxis colectivos, que en su distribución de asientos viola el distanciamiento físico sugerido por la autoridad.
Otra opción podría ser la implementación de horarios escalonados de ingreso y salida de las actividades diarias, para dar más holgura a las horas punta y reducir la cantidad de pasajeros movilizados. Idea que deberíamos mantener durante la “nueva normalidad”, para prevenir rebrotes, avanzar en un desconfinamiento seguro, evitando una tercera Fase 1 en Valdivia. Esto, evidentemente, nos exige un diálogo y acuerdo entre lo público y lo privado. ¿Cuántos estamos disponibles para sentarnos a hablar?
Finalmente, no podemos dejar de mencionar los costos económicos que medidas de este tipo generarían, pero a la hora de poner sobre la mesa las consecuencias económicas, debemos hacernos las preguntas correctas: ¿Cuánto nos cuesta cada vida que se pierde?, ¿La prevención es una mala inversión?, ¿Cómo y cuánto optimizamos los recursos hospitalarios con cada ciudadano?
Llevamos un año y aún hay mucho que aprender de esta pandemia, sólo esperemos que tal aprendizaje no termine acumulando polvo en libros de historia, ni caiga en terreno estéril. De nosotros depende salir fortalecidos y construir la ciudad y sociedad que queremos.
Federico Esparza Sandalich, Abogado UACh
